Con el animo de divulgar historias familiares decidí investigar sobre la vida de "EL PADRE FRANQUIZ", quien en innumerables conversaciones estaba en los labios de mi abuela "CARMEN VICTORIA". Gracias a una investigación hecha por el "Prof. RODRIGO CONDE" en su trabajo "Tierra Firme", complementado con "EL DIARIO DEL PADRE REGULO FRANQUIZ EN LA ROTUNDA", que publicare posteriormente, pude constatar la veracidad de dichas historias y de la importancia de la difusión de las mismas.
ESPERO LO DISFRUTEN....!!!
RÉGULO FRÁNQUIZ
Este
sacerdote tuvo un destacado protagonismo en la historia eclesial de su tiempo.
Su vida desde joven fue una historia intrigante y polémica y con un desempeño
de muy baja moralidad en su actuación sacerdotal. Ordenado por Mons. Uzcátegui,
fue expulsado de la diócesis de Caracas y llegó a la de Guayana. Aquí fue
secretario de Mons. Durán y Canónigo. En las elecciones de 1897 buscó favorecer
una candidatura determinada y participó como coronel en alguna guerra regional.
Rebelado contra Mons. Durán fue suspendido y se radicó nuevamente en Caracas
donde estuvo privado de licencias ministeriales. Había estudiado en la
Universidad Gregoriana de Roma y hacía alarde de su doctorado en Derecho
Canónico. Tuvo una actuación destacada en el conflicto por la sucesión de
Uzcátegui, donde fue uno de los instigadores e intrigantes principales y
contrario a la postura esgrimida por el Vicario General y después Arzobispo de
Caracas, Juan Bautista Castro. En 1904, y por presiones gubernamentales fue
designado canónigo de la catedral de Caracas12. Fue notable y consecuente su
servilismo a Cipriano Castro y siendo representante especial del Gobierno ante
la Santa Sede, propuso al Presidente, mediante una nueva Ley de División
Eclesiástica, la supresión de la Diócesis del Zulia y la nominación de su amigo
el canónigo Arteaga para la recién creada diócesis de Carabobo. A punto estuvo
que nombrasen a Arteaga obispo si Cipriano Castro hubiese permanecido unos
meses más en el poder. Mons. Aversa, que entonces era Delegado Apostólico en
Cuba y Puerto Rico y que manejaba y trataba ya algunos asuntos diplomáticos
referidos a Venezuela, dirá:
Sobre Régulo Fránquiz he
tenido ocasión de hablar a V.E. repetidas veces. No está hecho para el estado
clerical: fue el Arzobispo Uzcátegui, que no hilaba demasiado fino, quien lo
quiso ordenar casi a la fuerza como sucedió con otros (...) Fránquiz estaba
afiliado a un partido político y con este partido fue una vez a la guerra y lo
promovieron a coronel. No tiene escrúpulos de ninguna clase. Yo lo tengo
sencillamente por un criminal. Es capaz de todo; y no hablemos de su moralidad:
pésima13.
Una
vez que cayó su mentor y protector, Cipriano Castro, son pocos los datos que
tenemos de él, hasta 1916, aunque pensamos que su modo de vida no cambió mucho
y siguió llevando una vida poco edificante desde el punto de vista moral y
haciendo la vida imposible al Arzobispo.14
Así
por ejemplo al poco tiempo de tomar el poder Gómez, en 1910, el Delegado
Apostólico se quejaba que seguía publicando artículos en la prensa contra el
Arzobispo, que formaba parte de una auténtica banda de malhechores y que no
cesaban de asediarle con continuas visitas que le hacían perder continuamente
el tiempo. Incluso Fránquiz le dijo una vez que no cejaría en su lucha hasta
ver al Arzobispo depuesto de la Sede y muerto.15
Sí
sabemos que estuvo unos dos años en la cárcel, entre 1910 y 1911, pero no
tenemos más datos del porqué ni el cómo. Por dos cartas escritas a Gómez
conocemos que su hermana pedía su pronta liberación y que el párroco de
Turmero manifestaba que con motivo de las fiestas de Semana Santa concediese la
libertad a los PP. Fránquiz y Mendoza.16
Al
año siguiente continuaba en las mismas andadas, por lo que el Delegado
Apostólico, José Aversa, y en carta al Secretario de Estado dirá:
Fránquiz es notoriamente
un sacerdote inmoral, concubinario, seductor de damas, sin conciencia,
calumniador, irrisorio de las cosas más sagradas, rebelde a su Superior
Diocesano, unido y ligado íntimamente a los masones. ¿Qué otra cosa se quiere?
¿Qué se espera? Un decreto de la Santa Sede, que lo declare decaído del
Canonicato Doctoral, que goza, y suspenso a divinis indefinidamente, será
acogido de todos los buenos como la liberación de un íncubo. El Gobierno no
pondrá dificultad alguna, hoy; mañana no sabría. Que se vaya por su camino, que
se quite el hábito que ensucia, es mejor, mucho mejor. Esperar que se convierta
con buenas maneras, es tiempo perdido.17
Hasta
tal punto el acoso contra el Arzobispo era manifiesto que Mons. Castro pedía en
1913 que librase a la Iglesia de la espantosa calamidad con que la aflige el
Canónigo Fránquiz18. Aunque el Gobierno de Gómez lo había tenido
preso en la cárcel durante dos años, no se había regenerado, antes bien había
propagado en Caracas la calumnia de que había estado allí por exigencias del
arzobispo. En este mismo año salió de la cárcel, y a instancias del nuevo
Delegado Apostólico, Mons. Pietropaoli, se produce una aparente reconciliación
con el Arzobispo. Se ve que Pietropaoli, recién llegado al país, pues sólo
llevaba dos meses, se dejó influir por Fránquiz que le hizo ver su sincero
propósito de enmienda19. Con este mismo tono es que escribirá a Juan
Vicente Gómez manifestando su solidaridad con el régimen y rechazando las
acusaciones de ser conspirador y activo enemigo del sistema20.
A
partir de 1913 el régimen de represión se instauró con más fuerza, año en el
que se produjo la conspiración de Delgado Chalbaud, y es ahí donde vemos que
los presidios se llenaron de una abundante población de presos políticos que
con razón o sin ella habían participado en dicha conspiración. En 1915 hubo una
acusación de haber urdido un complot contra la vida de Gómez por parte de
conocidos políticos y de tres sacerdotes que eran Régulo Fránquiz, el canónigo Evaristo
Ramírez y el sacerdote Tomás Antonio Monteverde.
El
16 de noviembre se le dio aviso de que había dado el General Gómez orden de
reducirlo a prisión, pero enterado a tiempo pudo ocultarse, no así los otros
dos sacerdotes. Ante este hecho, Pietropaoli, previendo las graves
consecuencias que el hecho podría tener en las relaciones Iglesia-Estado
conversó con el General Gómez.
Él
me acogió como siempre, y se me mostró muy gentil y expansivo. Le expresé mi
dolor y la reprobación de lo acaecido, le rogué fuera clemente hacia los tres
pobres sacerdotes, los cuales son, como ya es sabido por la Santa Sede:
Ramírez, ex-Secretario del Obispo de Mérida, y el Canónigo Fránquiz, salido de
la cárcel hace tres años,, y le recordé la doctrina católica que condena cualquier
revuelta contra la legítima autoridad; y las instrucciones precisas y
explícitas de la Santa Sede, que prohíbe al Clero inmiscuirse en pleitos
políticos. Él me respondió: No se aflija Monseñor, no cambiaré por eso mi
conducta, que fue y es de paz y armonía con la Iglesia. No habría procedido a
la encarcelación de los tres sacerdotes si no hubiera tenido en mis manos
pruebas aplastantes. Desde hace un año los espiaba, conocía todos sus
tejemanejes, todos sus planes. La correspondencia que yo poseo, no deja lugar a
alguna duda; pero aparte de eso ellos han confesado todo. Ahora deben pagar la
pena, para que se corrijan. Cierto me hace grave pena que unos eclesiásticos se
hayan atrevido a tanto, y sacerdotes por mi beneficiados en muchos modos. Usted
esté seguro de mi estima y de mi afecto. La Iglesia no tendrá nada que sufrir21.
Y
así Fránquiz desde su escondite, y viviendo bajo nombre supuesto, escribió en
mayo de 1916 dos cartas al Papa y una al Delegado Apostólico donde manifestaba
su miedo y su turbación. Dice que su fuga había indignado tanto al General
Gómez que éste había ordenado que vivo o muerto se lo entregasen y que sin
miramiento alguno había hecho allanar templos y casas particulares para
descubrir el lugar donde se ocultaba.
Si yo estuviera en un país
donde la justicia no fuera un mito, pediría que se me abriera un juicio para
defenderme en la seguridad de salir triunfante, pero aquí Santísimo Padre, la
ley es la voluntad despótica de un soldado tan imbécil que no sabe ni hablar,
ni leer, ni escribir, que para mengua de la humanidad y para vergüenza nuestra,
roba, asesina, viola toda ley y vive abofeteando la moral y escarneciendo la
sociedad, amancebado públicamente con varias mujeres, con cada una de las
cuales tiene distintos hijos; díganlo los millones que ha acumulado, y la
espantosa miseria del pueblo; díganlo los tantos que han muerto en cárceles
bajo el látigo del verdugo, o secretamente envenenados, degollados o que han
expirado no pudiendo resistir la violencia del tormento; díganlo los que en la
calle han caído bajo el plomo de los parientes o amigos del General, viéndose a
éstos hoy colocados en altos puestos...22
También
manifiesta su asombro ante la actitud del Delegado Apostólico de recomendar al
Papa para condecorar al Gral. Gómez con la orden Piana. Que era inaudito que un
hombre que vivía públicamente amancebado con varias mujeres en cada una de las
cuales tenía distintos hijos fuese considerado por la Santa Sede como digno de
ser honrado como caballero insigne y noble. Fránquiz se ve desesperado, porque
conoce de cerca cómo es la represión gomecista y siente que el cerco contra él
se hace cada vez más estrecho. No se fía de Pietropaoli que por contentar a
Gómez es capaz de cualquier cosa23.
Durante
dos años el Gobierno le siguió la pista y por fin, en el mes de agosto de 1917,
fue sorprendido disfrazado en la playa Mare, cerca de Cabo Blanco en La
Guaira cuando estaba a punto de embarcarse en una goleta para salir del país.
Lo detuvo un tal Federico Roig Febles, que en compañía de varios esbirros, lo
desnudaron, le amarraron una cuerda, el dieron de palos y le trajeron a pie y
descalzo hasta La Rotunda. Parece ser que a través de una delación la policía
le preparó la emboscada en la que cayó. Con él apresaron también a los que le
ayudaron a embarcarse y a Ventura Hernández que lo mantuvo escondido durante un
año24. Una copia de la carta que dirigió al Papa se le
encontró a Fránquiz en el momento de su captura. En ella de forma sarcástica
decía:
Cómo no manifestaros que
la burla y el desprecio de muchos van hasta preguntarse, ¿cuáles de los hijos
del General Gómez heredarán las prerrogativas, los honores y el derecho de
nobleza que por el Breve Pontificio se les otorgan, si serán los engendrados
en Dionisia Bello, o los habido en Carmen Ríos, o los procreados con M. Núñez
Cáceres, o los de Rebeca Rivas o lo de cualquiera de las otras mancebas que el
expresado General sostiene con el dinero que sustrae a este pueblo desgraciado
y hambriento?25
Si
bien la opinión pública estaba acostumbrada durante años a la conducta
verdaderamente indecorosa en todos los ámbitos de Fránquiz, para la Iglesia era
muy vergonzoso que por las culpas reales o presuntas de diversos sacerdotes,
éstos fuesen sometidos a todo tipo de vejaciones y excesos. Sin embargo, Gómez
no se dejó amilanar y la Iglesia no pudo contar con que diese alguna
explicación o abriese algún proceso en consideración a la dignidad de los
acusados. El sistema era inmisericorde con sus enemigos y así se lo hizo saber
al Secretario de Estado, el Encargado de Negocios de la Santa Sede, Plácido
Gobbini, al abandonar el país, por esas mismas fechas, Mons. Pietropaoli.
Como en estos días corrían
voces de que el Canónigo Fránquiz había muerto en el calabozo a consecuencia de
las torturas sufridas, quise informarme y fui al Arzobispo. Él me confirmó que
efectivamente esa voz corría insistentemente, pero que era sumamente difícil,
por no decir imposible, saber la verdad. El párroco de Sta. Teresa en esta
ciudad, que cada domingo celebra la misa desde hace 23 años en un corredor de
la cárcel, me ha dicho que los prisioneros políticos asisten a la Misa a la
otra parte de una robusta reja cubierta por un telón, que tan sólo deja
entrever como sombras que se acercan lentamente a causa de las pesadas cadenas
y los grillos que los prisioneros tienen en los pies. Al moverse los
prisioneros las cadenas producen un rumor sordo y lúgubre que más de una vez,
conmovido, no es capaz de decir ni una palabra de ánimo y resignación. Me ha
confirmado que a nadie está permitido acercarse a ellos, ni siquiera al médico
o al sacerdote. Es bien triste, pero sobre ello no hay nada que hacer pues el
General Gómez no quiere ni oir hablar en favor de ellos26.
A
vuelta de correo el Secretario de Estado, el famoso Card. Gasparri, le comunicó
a Mons. Gobbini que le hiciese presente a Gómez el vivo deseo que tenía la
Santa Sede de que la dura prisión a que estaba sometido Fránquiz fuese de algún
modo aliviada, tomando ante todo en cuenta su carácter sacerdotal27. Es cierto
que la conducta anterior del sacerdote no le ayudaba en nada, pero era doloroso
que por esta circunstancia la imagen del clero fuese sometido a vejaciones. En
una subsiguiente comunicación se le ordenaba que no procediese
disciplinariamente contra el canonicato de Fránquiz del que había sido privado
unilateralmente por el Gobierno, ya que se podía establecer el precedente de
indebida insubordinación a la autoridad civil. Para tratar el caso de Fránquiz
y de los demás sacerdotes se sugería que fuese Mons. Rincón González el que
interviniese ante el Presidente, para que por los menos las condiciones
carcelarias fuesen mejoradas. En otra carta posterior Mons. Gobbini informaba
que dado que el General Gómez se encontraba 54 TIERRA FIRME en Maracay y sin que
se pudiera saber cuando regresaba, habló con el Presidente interino, el Dr.
Bustillos y después de un largo esfuerzo logró sacarle algunos datos sobre la
situación de Fránquiz. En primer lugar que contra los bulos corridos, estaba
vivo; que efectivamente tenía puestos grillos en los pies, igual que los demás
sacerdotes y prisioneros políticos; que recibían alimentación insuficiente y de
mala calidad y finalmente que estaban absolutamente incomunicados y que no
dejaban que nadie se les acercase, ni siquiera el capellán.
El
Doctor Márquez Bustillos, que es muy benévolo conmigo, al conocer los deseos de
la Santa Sede me aseguró que haría lo posible, para que, en el límite de lo
posible, mejorasen las condiciones de Fránquiz. Ha mantenido en efecto su
palabra y hoy, me ha hecho saber en forma reservada, que se había ordenado
aumentar y mejorar la ración diaria a Fránquiz. Le he dado las gracias
personalmente a nombre de la Santa Sede; he creído oportuno en este momento
hacer mención de los grillos; ha eludido la respuesta y ha cambiado de
conversación. Este es un punto muy delicado que ninguno quiere tocar ni se
atreve a hablarle al General Gómez. Este ha prohibido hasta a sus hijas y
hermanas que le hablen de esto. Es un hecho que él se muestra inexorable con los
prisioneros políticos y ha dado órdenes severísimas de las cuales responden los
subalternos con la propia libertad, el cargo y hasta con sus haberes. El Señor
Internuncio trabajó mucho sobre esto, pero tuvo que renunciar a la empresa28.
Al
poco tiempo de esta fecha, el 18 de diciembre, nuevamente Mons. Gobbini le
informó que el día 16 había muerto el P. Fránquiz. El cadáver fue llevado al
hospital Vargas envuelto en sábanas cosidas para que no se supiese quién era.
Al día siguiente el hospital recibió la notificación del Gobernador del
Distrito Federal para que participase la noticia a la familia. Ante ésta se
descubrió la cara del cadáver que estaba fétido. El capellán del hospital
recitó las plegarias acostumbradas e inmediatamente fue llevado al cementerio.
Añadía que no se pudo saber si algún compañero de sacerdocio le pudo dar la
absolución antes de morir e igualmente se ignoraba la causa de la muerte29. En
otra carta de los primeros días de 1918 le señala algunos detalles más de la
muerte:
No me han contado, o
mejor, no he venido a saber si Fránquiz en punto de muerte pidió un Sacerdote,
pero no le fue permitido a ninguno de sus compañeros de desgracia acercársele;
sólo al Sacerdote Mendoza (que por lo demás lleva cinco años en prisión sin
saber la causa) le fue posible decirle en alta voz que le daba la absolución.
Los familiares, sabedores de la muerte, poco antes de transportar el cadáver al
cementerio expresaron el deseo de que fuera enterrado en la tumba del Capítulo,
pero su petición no fue escuchada y fue sepultado en una fosa común30.
Pocaterra
dirá que la causa de la muerte fue por envenenamiento de arsénico, hecho
bastante común en La Rotunda. Su terrible agonía duró dos días mientras el
veneno que le habían introducido en los alimentos, hacia su efecto. Aguardó su
final con clamores a la Virgen del Carmen31.
La
última noticia que tenemos del caso Fránquiz fue unos meses más tarde, cuando
ante la vacante dejada en el Cabildo por su muerte, el arzobispo pedía al
Secretario de Estado la dispensa de concurso para quien iba a sustituirle ya
que el general Gómez no quería que de ningún modo se hiciesen comentarios
acerca de la muerte del canónigo Fránquiz32
CITAS
14 Carta de Mons. José Aversa al Secretario de Estado
(17-01-1910) en ASV. Nunziatura in Venezuela, Fasc. 20 (2-4), ff, 303-303 v.,
304-304 v.
15 Carta de Mons. José
Aversa al Secretario de Estado (21-06-1910) en ASV. Nunziatura in Venezuela,
Fasc. 20 (2-4), ff, 271-271 v., 273 y Carta de Mons. José Aversa al Secretario
de Estado sobre el Estado del Clero en Venezuela (03-10-1910) en ASV.
Nunziatura in Venezuela, Fasc. 21 (2-4), ff, 303-303 v., 304-304 v.
16 AIIH-UCAB, Cartas 1911;
16-9-1911 y Cartas 1912; 10-2-1912.
17 Carta de Mons. José
Aversa al Secretario de Estado (7-02-1911) en ASV. Nunziatura in Venezuela,
Fasc. 24 (5-8).
18 Carta de Mons. Castro
al Secretario de Estado (12- 01-1913) en ASV. Nunziatura in Venezuela, Fasc.
48, ff, 235-236.
19 Carta del Canónigo
Fránquiz al Secretario de Estado (30-09-1913) en ASV. Nunziatura in Venezuela,
Fasc. 48, f. 241.
20 Los Padres Fránquiz y
Ramírez en Boletín del Archivo Histórico de Miraflores, 17-18 (marzo-junio
1962), 273-274.
21 Carta de Mons. Carlos
Pietropaoli al Secretario de Estado (26-11-1915) en ASV. Nunziatura in
Venezuela, Fasc. 30.
22 Carta del Canónigo
Fránquiz al Santo Padre (01-05- 1916) en AA.EE.SS. Venezuela, Años 1916-1917,
Fasc. 59.
23 Carta del Canónigo
Fránquiz al Santo Padre (22-05- 1916) en AA.EE.SS. Venezuela, Años 1917-1918,
Fasc. 55, ff 22-31.
24 Pocaterra, José Rafael;
Memorias de un venezolano de la decadencia, Vol. II, Caracas, Biblioteca
Ayacucho, 1990, 35.
25 Carta del Canónigo
Fránquiz al Santo Padre (22-05- 1916) en AA.EE.SS. Venezuela, Años 1917-1918,
Fasc. 55, ff 22-31. Cfr. Peñalver, Rubén; La obra de Mons. Pietropaoli. En el
marco del proceso de restauración de la Iglesia Católica venezolana
(1913-1917), Caracas, UCAB, 2000, 70.
26 Carta del Sac. Plácido
Gobbini al Secretario de Estado (29-11-1917) en AA.EE.SS. Venezuela, Año 1917,
Fasc. 53.
27 Telegrama del
Secretario de Estado al Sac. Plácido Gobbini (21-10-1917) en AA.EE.SS.
Venezuela, Años 1917-1918, Fasc. 55.
28 Carta del Sac. Plácido Gobbini al
Secretario de Estado (04-09-1917) en AA.EE.SS. Venezuela, Año 1917, Fasc. 53.
29 Carta del Sac. Plácido Goggini al Secretario de Estado (18-12-1917) en
ASV, Segreteria di Stato, Venezuela, Año 1918. Rúbrica 251.
30 Carta del Sac. Plácido
Goggini al Secretario de Estado (03-01-1918) en ASV, Segreteria di Stato,
Venezuela, Año 1918. Rúbrica 251, Fasc. 10, ff. 45-46.
31 Pocaterra, Ob. cit., 35
y 58.
32 Carta del Arzobispo de
Caracas al Mons. Plácido Gobbini (23-03-1918) en ASV, Segreteria di Stato,
Venezuela, Año 1918. Rúbrica 251, Fasc. 10, ff. 136.